La Unión Europea, un proyecto que merece la pena


El rapto de Europa de Rubens

El rapto de Europa de Rubens

Cuentan que una vez existió una reina enferma, a la que la edad la empezó a pasar factura y a la que ni los dos mejores médicos del reino fueron capaces de recetar un remedio definitivo para sus continuos achaques. A la reina tampoco le faltaban enemigos que deseaban hacerse con el trono de su imperio y que ya tenían preparada su lápida con la fecha de nacimiento mientras aguardaban impacientes su final, para inscribir sobre la piedra las fechas de su defunción. Este reina se llama Europa y tiene el honor de que todos se dirijan a ella como el Viejo Continente. Sin embargo, todos sus siglos de historia empiezan a pesar, y ese pequeño país que un día fue la cuna de la civilización occidental, Grecia, amenaza hoy con ser también su tumba. La salud de la reina Europa depende de las decisiones de Merkel y Sarkozy, que hacen todo lo posible para que la reina se vuelva a imponer y deje claro a todas las nuevas potencias que le quieren quitar el trono quién manda de verdad. Siglos y siglos de existencia no se pueden tirar por la borda en menos de cinco años y Europa tiene ante sí un reto difícil, decidir entre entregar la corona o demostrar una vez más que el punto fuerte de los viejos –ella es el Viejo Continente- es la experiencia y la sabiduría.

El futuro de Europa es ese gran tema que no falta ni un solo día en los periódicos, en los telediarios o en los boletines informativos, escondido bajo titulares que se preguntan por una Europa a dos velocidades, si conviene dejar miembros en el camino o si valió la pena adoptar una moneda única. Un debate que trae de cabeza a los políticos y a los analistas que no saben cómo evolucionará la salud de la paciente. Opiniones a favor y en contra hay para todos los gustos. No faltan los euroescépticos, empeñados en demostrar el fracaso del proyecto europeo; y también están los europeístas, esos que apuestan firmemente por la Unión Europea y creen que la crisis es solo un bache, una sombra a la que más tarde seguirá una luz fuerte y brillante. El contexto económico y político es desolador y parece que los euroescépticos cada vez se añaden más puntos en su marcador, sin embargo, ¿por qué dejarse arrastrar por un futuro negro cuando Europa tiene en su mano la oportunidad de salir fortalecida de esta crisis? La tarea que Europa -no como un concepto abstracto, sino materializado en sus políticos, ciudadanos e instituciones- tiene por delante no es fácil, pero eso no significa que sea imposible.

Si echamos la vista atrás vemos que la historia del Viejo Continente está plagada de invasiones por todos sus frentes, de guerras por conquistar reinos, de brutales masacres pero también está marcada por el esplendor de su cultura, la brillantez de sus descubrimientos o el buen entendimiento de aquellos pensadores a los que un día se les ocurrió iniciar un proyecto común. Hoy Europa y Unión Europea son términos difusos, que se confunden y no se entiende el uno sin el otro, pero la crisis puede hacer que se vuelvan a separar, que la Unión Europea pierda su sentido y que por tanto desaparezca, y que Europa no sea más que un nombre genérico para agrupar a unos cuantos países, pero sin ningún sentimiento detrás. La desintegración de la Unión Europea no sería solo el fin de unas políticas económicas y políticas, sino el adiós a un proyecto de unidad y de visión de futuro, que unas cuantas mentes brillantes, esos a los que hoy llamamos padres fundadores de Europa, idearon hace ya unas cinco décadas tras el fin de la II Guerra Mundial. Los avances conseguidos en estos años superan con creces a las pérdidas, pero la situación actual no nos deja ver más allá de nuestros bolsillos y apreciar la verdadera importancia que tuvo y tiene el proyecto de integración europea y que está presente todos los días de manera invisible en nuestras vidas.

Declaración Schuman

Declaración Schuman

La crisis económica, los recortes, los rescates a Portugal, Irlanda y Grecia, países como España e Italia colgando de un hilo, cumbres que terminan sin ningún acuerdo concreto y tratados que solo ponen parches a los problemas pintan el panorama que vive hoy Europa. Merkel y Sarkozy dan la cara, o mejor dicho los fondos, para que el resto de Europa siga adelante, mientras que los vecinos europeos no somos capaces de estar a la altura. Políticos más interesados en sus carreras que en sus países, banqueros que se niegan a bajarse los sueldos, y pueblos que han descubierto la fragilidad de las bases del estado del bienestar en el que tanto habían confiando representan la fauna de esta jungla en la que Europa se empieza a convertir. El problema existe y ya no se puede seguir maquillando como se hizo durante algunos años. No es tiempo para lamentaciones ni llantos, tampoco para desatar la violencia, solo es tiempo para el trabajo y para la lucha por la recuperación europea.  Los próximos años serán duros, el Viejo Continente tendrá que apretarse el cinturón y empezar una dieta de recortes y austeridad que costará, pero que después tendrá su recompensa y Europa volverá a estar impresionante en ese traje de historia y unidad que tan bien le sienta.

Caer y volver a levantarse, esa debe ser la máxima por la que se rijan los europeos. Pero aquí surge otro dilema: la crisis de identidad europea. El sentimiento de europeidad no está muy arraigado todavía y parece que existen europeos de primera, de segunda y de tercera. Europeos que tienen la suerte de crecer y moverse en entornos que fomentan ese sentimiento de unidad y europeos que desconocen por completo cómo se formó Europa, qué día se celebra su fiesta y que incluso ven a las instituciones comunitarias como auténticos enemigos más que como lugares de encuentro y ayuda mutua. Un punto que el Viejo Continente ya se olvidó de trabajar una vez y que ahora, en esta reformulación no debe dejar pasar. La nueva Europa fuerte que saldrá después de la crisis, no se puede conformar solo con una cohesión económica y política, sino que debe apostar por la unidad social, apelar al sentimiento europeo y marcarlo como base fundamental, para que la Europa coja de los últimos años deje de tambalearse.

Los europeos tenemos en nuestra mano la posibilidad de hacer historia y de ocupar las hojas de las enciclopedias y los libros de texto de las generaciones venideras. No tenemos nada que perder y sí mucho que ganar. Si nuestros propios ejemplos no nos sirven como motivación ahí tenemos el caso americano, que parece que siempre infunde más confianza. EEUU y su crack del 29. La caída de Wall Street, el sueño americano por los suelos, esperanzas que cayeron a la misma velocidad que ese jueves negro cayó la bolsa, años duros de pobreza y de recuperación que lejos de debilitar a esa sociedad hecha a sí misma le dio fuerzas para seguir y convertirse en la primera potencia mundial. Si los americanos lo consiguieron no hay nada que nos lo impida a los europeos. Tenemos espejos en los que mirarnos, errores que evitar, actuaciones que imitar y la obligación de cuidar ese precioso legado que el 9 de mayo de 1950 nos entregaron los fundadores de lo que hoy conocemos como Unión Europea.

 

Noelia Fernández Aceituno

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